30/7/12

NOSTALGIA DEL FUTURO - Simon Reynolds




“Nostalgia del futuro” es una frase cuasi omnipresente cuyos orígenes son difíciles de detectar. He visto que la atribuían a la leyenda de la ciencia ficción Isaac Asimov (tomada de su ensayo El futuro. Una versión del año 2000 desde el siglo XIX –publicado en 1986– acerca de las ilustraciones realizadas en 1899 por el artista Jean-Marc Coté sobre la vida en el año 2000) y a Jean Baudrillard, cuyo América alude a un malestar específicamente europeo de “nostalgia del futuro” a través de una comparación desfavorable con la confianza norteamericana en que el presente ya es una utopía plenamente realizada. El filósofo transhumanista F. M. Esfandiary, a.k.a. FM-2030, decía sentir una “profunda nostalgia del futuro” en su libro Optimism One, publicado en 1970. Pero cabe señalar que Richard J. Daley, un alcalde conservador de Chicago, también afirmó en cierta oportunidad que la humanidad “tendría que sentir nostalgia del futuro”.

La frase y el concepto parecen tener una resonancia particularmente fuerte en el contexto de la música. La primera vez que lo advertí fue en una reseña de discos del músico y crítico David Toop, en la que describía la añoranza peculiarmente aguda que caracterizaba la música electrónica de los años noventa producida por grupos como The Black Dog y Aphex Twin. Más tarde me topé con una cita anterior de Brian Eno, colega de Toop en la música ambient, quien en 1989 dijo que las “video pinturas” (como Mistaken Memories of Medieval Manhattan [Memorias equivocadas de Manhattan medieval]) que había hecho a comienzos de los años ochenta evocaban para él “la sensación de lo que pudo haber sido […] una nostalgia del futuro”. Pero además estaba la canción “Nostalgia” (1978) de The Buzzcocks, en la que Pete Shelley canta: “Sometimes there’s a song in my brain/ and I feel that my heart knows the refrain/ I guess it’s just the music that brings on nostalgia for an age yet to come”*. Es posible que Toop, Eno y Shelley hayan tomado la idea, directa o indirectamente, del crítico y compositor Ned Rorem. En el texto de un catálogo musical de 1975 Rorem argüía que “la música, a diferencia de la pintura o las palabras, no se ocupa de hechos […] es decir de asociaciones que, por su misma naturaleza, conciernen al pasado. No obstante, la música es asociativa. ¿Y qué asocia? La música es el único arte que evoca la nostalgia del futuro”. Como obsesivo de la música que privilegia esa forma de arte por encima de todas las otras, me gusta la audacia, el patriotismo de la afirmación de Rorem. Pero me pregunto si será verdad. Yendo más al punto, no estoy demasiado seguro de lo que quiere decir: ¿que la abstracción de la música expresa todas esas inclasificables y contradictorias emociones mezcladas que nosotros somos incapaces de articular? ¿Que los anhelos más sinceros de la música son imposibles de alcanzar y entrañan una rebelión contra lo Real?
Es perfectamente posible, incluso probable, que Rorem haya acuñado la frase sin ayuda de nadie. Sin embargo, como suele suceder, alguien ya había llegado allí antes: el poeta portugués Fernando Pessoa la garabateó en algún momento, en las primeras décadas del siglo XX, en los cuadernos de apuntes que finalmente serían publicados en 1982 bajo el título de El libro del desasosiego. Una de las mayores preocupaciones de Pessoa, en tanto escritor, era el tedio. En un pasaje donde describe el opresivo “ennui” que desciende sobre él cuando cae la tarde, Pessoa habla de “un sentimiento peor que el tedio, pero para el cual no existe otro nombre. Es un sentimiento de desolación que soy incapaz de precisar […] el universo físico es como un cadáver que amé cuando estaba vivo […] Y no obstante ¡qué nostalgia del futuro si dejo que mis ojos vulgares reciban el saludo del día que se extingue! […] No sé qué quiero ni qué no quiero […] No sé quién soy o qué soy. Como alguien que ha quedado enterrado bajo una pared derrumbada, yazgo debajo de la vacuidad demolida del universo entero”.
Al igual que en “Nostalgia” de The Buzzcocks –un grupo cuya carrera comenzó con una canción titulada “Boredom” [Tedio]–, lo que encontramos es el anhelo de escapar a un más allá absoluto, el no-lugar o utopía de un deseo imposible de definir porque cualquiera de sus posible realizaciones no estaría a la altura del ideal. La nostalgia puede proyectar el ideal ausente sobre el pasado o sobre el futuro, pero principalmente remite a no sentirse a gusto en el aquí-y-ahora, a una sensación de alienación.

En las décadas recientes, la nostalgia del futuro fue perdiendo gradualmente su vaguedad hasta quedar vinculada a una idée fixe específica: una idea arcaica, a veces cómicamente osificada, de cómo será el futuro. Se ha transformado en una emoción retro-futurista: la sensación de melancolía mezclada con ironía y asombro es contrarrestada por la diversión que provocan las viejas películas de ciencia ficción, los muebles y utensilios de cocina modernistas de entreguerras, y las imágenes de las Ferias Mundiales de los años cincuenta y sesenta con sus exposiciones de innovaciones tecnológicas y adelantos científicos. Mirando todas esas proyecciones pasadas del futuro –que es en realidad nuestro presente– uno puede experimentar todavía, lánguidamente, una suerte de post-imagen: el asombro que provocaban las maravillas tecnológicas y los severos zigurats modernistas. Pero matizado por el conocimiento a posteriori de que muy poco de todo aquello logró hacerse realidad.
Es probable que, junto con las Ferias Mundiales, la Tomorrowland [Tierra del Mañana] de Disney haya sido la fuente que más influyó sobre el ideario de la cultura popular acerca de cómo sería el futuro. En la ceremonia de inauguración, en 1955, Walt Disney describió Tomorrowland como una “oportunidad de participar en aventuras que son la imagen viva de nuestro futuro” y felicitó a los científicos del momento por “abrir las puertas de la Era Espacial a logros que beneficiarán a nuestros hijos y a las generaciones por venir”. Algunos de esos científicos –entre ellos Wernher von Braun, responsable de los cohetes V2 que bombardearon Londres durante las etapas finales de la Segunda Guerra Mundial y luego figura clave de la NASA– trabajaron como consultores técnicos durante el diseño de Tomorrowland. Además del Cohete a la Luna, los Astro-jets, la Autopia y un monocarril, Tomorrowland ofrecía atracciones esponsoreadas por corporaciones como la Calesita del Progreso de General Electric, el Moonliner de TWA y la Casa del Futuro de Monsanto. Esta última estaba casi por completo hecha de plástico, el material del futuro.

Tomorrowland fue relanzada en 1967 como New Tomorrrowland, pero con el correr de las décadas fue perdiendo importancia y colorido. Debido a ello, en 1998 fue remodelada como un “clásico medioambiente del futuro” en palabras del comunicado de prensa de Disney: un museo de las ideas del futuro que ahora resultaban entre kitsch y pintorescas. En su nota sobre el relanzamiento de Tomorrowland para la revista Time, Bruce Handy comenzaba diciendo: “El futuro ya no es lo que era antes”. Las nuevas atracciones incluían el Astro Orbitor, que según bromeara P. J. O’Rourke había sido “construido en un estilo que bien podría denominarse ‘Jules Vernacular’”. Sin embargo, curiosamente, esta nueva e irónica Tomorrowland no atrajo al público, lo cual dejó en claro que la ironía retro-futurista todavía era una sensibilidad minoritaria que apelaba a la clase de personas sofisticadas que casi con seguridad no visitarían jamás Disneylandia.

En cuya categoría probablemente podría contárseme. Pero tengo hijos, y durante una viaje a Los Ángeles para visitar a mi hermano y su familia hace unos años, hicimos juntos la peregrinación a Anaheim. Mi único consuelo para la mala comida y el dolor de abrir la billetera era que podría ver qué había sido de Tomorrowland después de haber dejado atrás el futurismo y el retro-futurismo. En ese sentido Tomorrowland no me decepcionó, puesto que era incluso más decepcionante de lo que había imaginado. En su mayor parte estaba plagada de atracciones de franquicias cinematográficas, entre ellas un paseo con Buzz Lightyear y una sesión de entrenamiento en La guerra de las galaxias destinada a que los niños se convirtieran en Caballeros Jedi combatiendo con sus sables luminosos. En vez de la Casa del Futuro de Monsanto, ahora teníamos The Innoventions Dream Home [La Casa Soñada de las Innovenciones], una exhibición mediocre y mal organizada de tecnología de entretenimiento doméstico que parecía estar adelantada uno o dos años, como máximo, a los productos mainstream que se consiguen en RadioShack.

Tras ser recibidos en la entrada por un robot estilo vintage que parecía salido del set de una película de ciencia ficción de los años cincuenta como Planeta prohibido, llegamos al primer stand: un despliegue de instrumentos musicales presuntamente futuristas fabricados por Yamaha. Una rubia oxigenada repitió su forzado y animado parloteo por enésima vez ese mismo día, alentando a los niños a probar una especie de teclado-guitarra que sonaba como un koto o un dulcémele y a turnarse para aporrear el kit de percusión, cuyas teclas disparaban samples de risa humana o rugidos de león. Era muy similar a las cosas que yo había visto hacer a bandas como Disco Inferno a mediados de los noventa. La rubia también nos mostró cómo usar un micrófono que modificaba el registro vocal desde el chillido de ratón hasta el ultra-barítono ralentado: una vez más, nada que sacudiera los cimientos. Internándonos aún más en la Dream Home, cuya decoración de paneles de madera falsa en sucios tonos beige y ocre me recordaba una cadena de moteles o un centro de convenciones, había una pared de imágenes móviles enmarcadas como fotos antiguas, una mesa de café con pantalla de video incorporada donde se podía armar un rompecabezas virtual, y una pantalla de cine que abarcaba toda una pared y que a decir verdad no era mucho más grande que la pantalla plana del televisor de nuestro hotel en Los Ángeles. Todo era desesperantemente desalentador y lúgubre. P. J. O’Rourke –maravillado fan infantil del Tomorrowland original de la era Eisenhower– afirmó que esta nueva encarnación no era tanto “culpa de la ‘cultura Disney’ [sino más bien] culpa de nuestra cultura. Todo indica que hemos entrado en una era profundamente falta de imaginación”. El problema no es la incapacidad de innovar; es la incapacidad de imaginar metas visionarias que valga la pena alcanzar. El futuro prometido por la Innoventions Dream Home sólo anunciaba ligeros incrementos de conveniencia e intensidad en nuestras vidas de consumidores-espectadores.

* “A veces suena una canción en mi cerebro/ y siento que mi corazón conoce el estribillo/ Supongo que es simplemente la música la que trae consigo la nostalgia de una era todavía por venir”.
Música para ser escuchada durante la lectura: "Glas" de Kode9, Memories of future, 2006. Aquí.

Desde Salón Kritik.

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